Me están temblando las manos cuando llega, trato de disimularlo mientras camino hacia él.
Está fumando. Me gusta su expresión al fumar, me gusta verlo. Pasaría horas mirándolo.
Tenía la sensación de estar viendo las imágenes proyectadas en la ventanilla, como una película. Repasé los gestos, tratando de descifrarlos.
Levanto la mirada lo suficiente como para asegurarme de que sigue ahí, mientras repaso distraídamente los títulos de los libros amontonados en las mesas. Cada vez que pasa por detrás tengo esta sensación como de estar a punto de equivocarme.
Aprendí que la sensación de ahogo la causaba el exceso de aire en los pulmones. Volví a exhalar y me recosté, decidida a aprovechar el movimiento como sedante.
Apoyar la cabeza en su brazo es mi forma de decirle que quiero estar cerca de él. Siento su mano en mi cara y cómo le vibra el pecho al hablarme. Lo único en lo que pienso es en cómo voy a hacer para contestarle sin que note la falta de aire, la angustia provocada por no poder respirar.
Abracé la idea de que iba a ser otro día sin dormir. Sonreí.
Es casi poético que nuestros caminos de vuelta a casa sean opuestos, que me de vuelta después de unos cuántos pasos para verlo perdiéndose entre toda la gente, pensando en que quizás, por un segundo, el va a mirarme también.