Estamos hechos de lo que elegimos. De la música, de la ropa, de los amigos, de los libros, de lo que guardamos y lo que perdemos, de las películas que vemos, de los viajes, de todo lo que tuvimos oportunidad de hacer o decir y no hicimos ni dijimos. Nos fabricamos cada vez que tomamos una decisión. Hasta las elecciones ajenas nos moldean: un nombre, un color, ciertos juguetes, una forma de crianza y de dar amor.
Pero hay una elección que nos pesa en la espalda, que nos pincha desde adentro y nos quema la cabeza. Una a la que estamos completamente sometidos, y nos duele, y nos hace llorar, y no le encontramos la vuelta.
No podemos elegir quién nos elige a nosotros.
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